Ciudadana Inconformista

Oprobios cínicos para los inconformista de hoy

Un acto de coherencia

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El viernes 7 de julio de 2017 denuncié a Néstor Tellería de violación a través de Facebook. Esta no es la primera vez que hago público que Néstor, en un acto desigual de poder, me violó cuando yo tenía 19 años. Sin embargo, es la primera vez que hago mi denuncia en lo que para mí es la mejor plaza pública a la que tenemos acceso en el país.

De todos los comentarios a los que tengo acceso, las manifestaciones de apoyo por la exposición del rostro del violador son las que prevalecen. Estos mensajes de apoyo por la denuncia empezaron de personas cercanas a mí, todas ellas con cierto conocimiento de mi trabajo con el trauma producto de la violación. Lo que me sorprendió fueron las muestras de apoyo de gente desconocida. Me anima pensar que estamos entrando a un nuevo momento donde las víctimas, sin importar el tiempo que haya pasado, tengamos el apoyo social para no dejar actos de violencia en la impunidad o por lo menos no dejarlos en la esfera privada.

Publicar en Facebook este acto de violación es principalmente un acto de protesta. Muchas personas se preguntarán: “¿por qué denunciaste hasta hoy que Néstor Tellería te violó hace 4 años?”. Esta es la respuesta que tengo para darles, la historia de por qué lo denuncié hasta este momento. La historia de cómo me violó. La historia de mi reconocimiento como sobreviviente de la cultura de violación instalada en Nicaragua.

Invertir cronología

Hace unos meses la maestra que me impartió la clase de Culturas Juveniles en la Maestría de Estudios Culturales me escribió a mi inbox. En su mensaje me invitó a conformar un equipo de investigación que explore cómo los imaginarios colectivos en hombres y mujeres jóvenes legitiman la violencia en contra de las mujeres. Le dije que sí con ciertos temores académicos de por medio. Pero ese sí no solo lo verbalicé por la oportunidad de hacer investigación,  en buena medida ese sí es un compromiso sociocultural. “Si tengo herramientas para hablar de la violencia en contra de las mujeres, con una mirada en las mujeres de mi generación, tengo que hacerlo, porque si no lo hago yo, ¿quién?”.

El día de ayer, viernes 7 de julio de 2017, entrevisté a una académica que se enfoca en el trabajo con víctimas de abuso sexual y violación, para alimentar la investigación. Conversar con ella para fines académicos fue el detonante que necesité para hacer lo que desde hacía años quería: contarle a mi mamá que ya no era virgen, y que mi primera experiencia sexual fue producto de una violación.

Por cosas de la vida me junté con mi hermana y mi mamá para hablar de un tema ajeno a éste esa misma noche. Me dije: “si no se los digo ahorita, no se los digo nunca. El momento perfecto para hablar de esto no existe”. Le dije a las mujeres de mi casa:

¿Saben por qué me siento así?, se los diré porque estoy harta de tenerlo oculto. A mí me violaron cuando tenía 19 años. Yo era virgen y me sentí una mierda porque me hicieron jurar que iba a tener sexo solo cuando estuviera enamorada y después de terminar mi licenciatura. Yo pensaba que se habían dado cuenta de mi ostracismo. Del peso de esas ideas que se me impusieron.

Les conté la historia de cómo Néstor Tellería me violó. Intenté asumir la postura de la mujer fuerte frente a ellas. No quería que me vieran llorar, no quería que se sintieran culpables por algo que estaba incluso fuera de mi propia voluntad. Les dije que ya no me sentía un pedazo de basura, una vagina con patas, un cuerpo abusado. Les dije que fue durísimo sobrevivir. Que no sé cómo logré terminar la carrera en 2014. Que aferrarme a estudiar la Maestría fue lo que me salvó de morir. Que acercarme a nuevos espacios, nuevas experiencias, nuevos lugares de pensamiento, fue lo que me dio herramientas para poder contarles. Les dije que ahora me siento distinta, valiente, apoyada.

Después de decirles que a partir de la violación tuve varias parejas sexuales con las que tenía que fumar marihuana o beber alcohol para no sentir dolor durante el coito, me sentí ligera. Me sentí ligera al decirles que mi mente colapsó en 2013 y que hasta en 2017 siento que me he vuelto a conectar conmigo y con la vida. Que solo he tenido una experiencia sexual en la que he sentido placer. Que fue hace menos de dos meses, y que me permitió reconocer que en mi relación con los hombres yo soy un cuerpo y una mente con derechos.

Terminamos reivindicando la urgencia de que desde niñas y niños nos hablen de los peligros de la cultura de violación de Nicaragua. Que nos digan que tenemos derecho a sentir placer. Derecho a hablar. Derecho a disfrutar y compartir nuestra sexualidad solo si así lo queremos. Le dije a mi mama que no se sintiera culpable, que yo ya estoy bien y que volveré a buscar acompañamiento psicológico, porque ya no puedo seguir trabajando mi trauma en solitario.

Les mostré el rostro de Néstor. Les dije: “Ve, ya que se los conté y me siento tan ligerita de culpa, voy a hacer la denuncia social. Esta mierda no se queda guardada en la casa. Si yo puedo hablar, hablaré, y hablaré por las que aún no se atreven, pero que se atreverán”.

La violación

Es curioso, hace un par de meses encontré en mi ropa interior una hoja de papel de 2013 donde apunté la dirección del hostal donde Néstor me violó. Había guardado esa hoja de papel en un lugar sumamente simbólico. Me han dicho que la queme, que deje ir toda la violencia. Ahora entiendo por qué no la quemé. Tenía que tomarle una foto y publicarla aquí.

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A Néstor lo conocí el 25 de diciembre de 2012. Yo estaba con Sara Padilla, quien era mi mejor amiga. En ese momento ellos eran compañeros de clases y salían con frecuencia a comer, tenían citas pues. Néstor y yo nos agregamos en Skype, después de todo era el “culito” de mi broder. A finales de enero de 2013 ellos quedaron en que juntxs lxs tres iríamos a Weekend en Granada “para despedir las vacaciones”. “¡Sobre!”, dije. ¿A poco no hubieses dicho lo mismo? Yo iba con mi broder y su culito.

Salimos para Granada el viernes 1 de febrero. Me salía perfecto porque el sábado tenía mi primera clase del cuatrimestre en la UCA, una electiva llamada “Análisis de la realidad social”. La clase era a las 2 de la tarde, entonces podía amanecer de goma y pasarla chilling con lxs chavalxs. Todo regio.

Sara nos canta cero. Cuando nos encontramos en su casa nos dijo que no podía ir porque se tenía que quedar en la venta. “Ala grande, bueno ideay, ya andamos con las mochilas, vamonoooos”. Néstor me caía bien, culito aprobado para la Sara. Llegamos a Granada, encontramos el hostal y nos instalamos.

Nos fuimos a Weekend, ¡que lugar para estar vacío!, no había nadie, creo que llegamos a abrir, típico de cipotes. Yo me estaba tomando una cerveza o algo así, de lo más barato, no andaba muchos reales. Al rato, Néstor dice: “¿querés un trago?”.  “Dale”, le dije yo. Después de ese trago no me acuerdo de mucho.

Me acuerdo que un tipo de seguridad del bar se nos acercó, preguntando si todo estaba bien, parece que estábamos peleando o algo así, no lo recuerdo. Sé que salí caminando y que él me subió a un taxi para ir al hostal. Recuerdo que ese hostal tiene unas escaleras. Las subí. Contesté una llamada, no sé de quién. Creo que vomité, pero tampoco lo recuerdo bien.

De ahí solo recuerdo ciertas cosas. Mi memoria se llenó de lagunas. Recuerdo que Néstor me está agarrando la cabeza con las manos y su pene está entrando a mi boca. Tuve una sensación de asfixia en ese momento. La siguiente imagen que tengo es que Néstor está encima de mí, me está tapando la boca, yo estoy forcejeando, él me penetra. Recuerdo el ardor de esa penetración. Después no sé qué pasó.

Me desperté y me vi desnuda con una mancha de sangre entre las piernas. Yo era virgen. Volteé a ver a mi izquierda y ahí estaba Néstor, desnudo también, pero cubierto por una sábana. Intenté levantarme para encontrar mi ropa. No la encontré. Me dolían mis piernas y no podía caminar. Agarré una sábana y me tiré al piso. Ahí dormí. No sabía qué había pasado. Cuando me desperté miré a Néstor levantarse. Me quedé en posición fetal, en shock. Encontré mi ropa enrollada, como cuando te la jalan de un tirón para abajo. No me bañé. Me vestí y me fui a clases. Me dolía caminar. Salí de clases a las 5 pm, y llegué a la casa. Me fui caminando porque no tenía dinero. Creo que nunca había sentido algo tan raro como lo que sentía entre las piernas. Aún hoy no logro describir esa sensación.

Esa noche mi cuerpo expulsó el semen de Néstor. Las sábanas amanecieron como duras debajo de mis nalgas. No sabía si eso era normal. En ese momento no sabía si era semen o qué era en realidad. Pensé que mi mama se dio cuenta, porque me preguntó por qué andaba caminando raro. No sé qué le habré respondido. No me acuerdo. Recuerdo muy pocas cosas de ese año y de los años siguientes. Como que mi capacidad para retener información colapsó. Me disocié me dijo la psicológica que visité en 2015.

Yo tenía ganas de hablarlo. Pero no se lo dije a nadie. Como ya era voluntaria de Cultura UCA, la poeta Christian Santos se hizo mi amiga. Ella daba el taller de poesía. Estaba editando un libro para ONU Mujeres. Mujer y Poesía se llamó la antología poética. Yo le ayudé en unas cosas de la editada del libro, y me dijo: “Escribite un poema y lo publicamos”. Lo hice. Escribí la historia que tenía entre pecho y espalda. El libro se publicó en marzo del 2013. Mi primer intento de hablar fue en un libro. Adjunto por aquí la foto de mi primer “poema”.

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Después de ahí mi vida siguió. A él me lo encontraba en la UCA. Las piernas me temblaban. Podría contar los detalles de esto, pero esto se haría demasiado largo.

Néstor me volvió a buscar en 2014 y en 2015, ¡que ganas de joder! Deben saber que yo me obligué a sentir afectos por Néstor. Yo había prometido que “perdería mi virginidad con alguien a quien amara”. Me sentía bien sucia, todo lo que me habían dicho en mi crecimiento dentro de los relatos judeo-cristianos, me decía que yo era sucia y que yo era la culpable, que yo lo había provocado a él. ¡Clase loquera que las mujeres pensemos eso! Hay que repensar esas enseñanzas nocivas.

En 2015 empecé mi Maestría. Me aferré a los estudios como salvavidas. Pero en la clase de Culturas de Género y Violencia, ¡uuuuy! No había de dónde escaparme. Reconocí gracias a la teoría que yo tenía un trauma. Creo que lloré por una semana. No quería saber nada de la vida. Me quería matar. “¿Por qué a mí, por qué yo?”.

Empecé un taller de formación de género en ese mismo año, en el lugar donde trabajaba. Eso fue el detonante de una crisis que me llevó a escribir una carta de suicidio en la que le pedía disculpas a mi familia por haber sido tan cobarde y no hablar. Me odiaba por no poder decirles.

Mi vida fue en picada. No sé cómo logré terminar las clases. No sé cómo lograba trabajar y estudiar. No sé. Empecé a tener sexo con varios hombres. Uno de ellos me dijo: “para nosotros solo sos una vagina con patas”. Me quería morir. “Yo solo era una vagina con patas, y los hombres podían acceder a mí sin mi permiso porque alguien más ya lo había hecho. No merecía sentir placer. Tener sexo era sinónimo de sentir dolor. Me lo merecía por haber provocado la violación”.

Esto que pongo entre comillas (“”), eran frases que escuchaba e interiorizaba. Una mierda. Pero a pesar de vivir esa mierda, había algo en mí que quería vivir. Seguí escribiendo. Seguí hablándolo aunque fuera incómodo para lxs demás.

De mi 2016 ni hablar. Volví a leer todo lo que escribí en mi agenda de 2015. Lloraba cada vez que volvía a esos pequeños escritos tan llenos de dolor, de tristeza, de soledad. Pasé tirada en mi cama llorando por meses. MESES. MESES. Casi todo el año. Pero es curioso, esos años de disociación y ese 2016 de girar la mirada hacia mí misma, de interiorizar e intentar comprender desde la razón todo lo que había sufrido/vivido/sobrevivido, me devolvieron el coraje. El coraje para sentir indignación y rabia. El coraje para contar esta historia. El coraje para retomar mis sueños y empezar a vivir.

Ahora tengo un círculo de apoyo bastante grande de hecho. Ahora me siento valiente por hablar. Siento que es lo más ético que he hecho en mi vida. Lo más coherente. Lo que necesitaba para limpiarme los últimos polvos de culpa que guardaba de manera inconsciente.

Yo soy sobreviviente de violación. Yo soy una mujer fuerte. Soy una buena investigadora. Soy una buena lectora. Soy una persona reflexiva. Soy amiga. Soy hermana. Soy hija. Soy todas. Soy. Soy. Soy.

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** Siento mucho la calidad de las fotos, las tomé con el celular. Esto es provisional, mientras cargo la cámara.

** He leído mis poemas en eventos y recitales.

** Aquí un enlace de otra denuncia: https://www.youtube.com/watch?v=VrPGuU0XPqc&feature=youtu.be

 

Este es el rostro de Néstor Tellería, el hombre que me violó

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Written by Cinthya Zeledón

julio 8, 2017 at 11:52

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Volver al teatro

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Hacía tiempo que no visitaba el teatro, y ya extrañaba la carga energética de las obras que se montan en el Justo Rufino Garay… de todos, mi favorito. Lo recuerdo bien, no iba desde la última puesta en escena de “La Ciudad Vacía” de Lucero Millán, una obra brillante que me hizo llorar al reconocerme en esas figuras urbanas que habitan memorias y contemplan realidades. Esa noche el teatro estaba casi como la ciudad en la obra.

Unos viernes atrás Solange (la palmerita) y yo decidimos regalarnos una noche de teatro. Se presentaba “De mudanzas y otras andanzas”, una obra dirigida por René Medina Chávez, quien para mí es uno de los mejores actores que he visto en el escenario nacional. Del argumento sabíamos lo básico: está compuesta por una serie de monólogos que relatan la cotidianeidad de hombres y mujeres, gente que perfectamente pudiesen ser nuestrxs vecinxs, amigxs… quizá nosotrxs mismxs. Por cierto, antes de seguir y por si alguien se lo pregunta, el uso de la “x” es solo para romper con el binario masculino/femenino, y provocar un poco el sentido de género de quienes lean esta anécdota.

En bici, el recorrido que debo hacer del trabajo al Justo Rufino es una nada ¡llegué rapidísimo! Y aunque el tráfico absurdo de ésta pequeña ciudad me tensionó en gran medida, cuando llegué al umbral del teatro esa sensación se esfumó. Sentí como un aire diferente en ese espacio destinado al arte. Lo habían remodelado, y eso le dio una nueva vida. Había muchos colores, música, una serie de distintos ambientes dentro del mismo lobby. Me sentí feliz, porque pensé en la motivación de lxs nuevxs teatristas al ver su espacio renovado, pero también pensé en mí y en quienes como yo disfrutamos de estos espectáculos.

Se hizo un grupo grande, dieron las 7:00 pm y entramos en fila. Seguro que no solo a mí me pasa, pero la emoción que me genera ver una nueva obra se traduce en mí como piel erizada. Los monólogos estaban cargados de fuerza, en especial los de Évora y Miriam. Quizá lo veo así porque yo soy mujer, y sus performances graficaron la crudeza de habitar un cuerpo cuyo sexo es sinónimo de diversos tipos de violencia en nuestro mundo cultural.

Recuerdo con especial atención el primer monólogo de Évora Barreiro. El performance representaba a una mujer madre de dos hijos, uno de ellos en brazos, y otro con la edad para manipular el control remoto y desobedecer. Esta mujer/madre recibió la llamada telefónica de quien parecía ser su amiga, llamada que la llevó hasta altos niveles de estrés, tensión, y miedo. Ella le dijo a la “amiga” que estaba esperando una reunión para un posible puesto de trabajo luego de su embarazo, pero que necesitaba de alguien que cuidara a sus hijos. La “amiga” le dijo que no podía, que mejor buscara al padre, que ella ya no podía estar sola. La mujer/madre le decía que no, porque no iba a volver a soportar los abusos de ese hombre… el resto es historia. Quizá esa mujer/madre no consiguió ayuda, tampoco el trabajo. Quizá siguió en las mismas condiciones, sin saber, por tanta violencia, qué puertas tocar o por dónde empezar una nueva vida en la que se sintiera a gusto… feliz.

Miriam Martínez nos permitió ver otras violencias, las que tienen lugar en las relaciones de parejas heterosexuales. César Castañeda, otro de los actores, nos presentó una lectura de la realidad dentro de la vida, siempre de pareja, pero en ésta ocasión homosexual. Por su parte, Indiana Cardenal presentó una escena inverosímil de una mujer adulta mayor que reveló su más grande secreto: ella había asesinado a su esposo. Ésta última me resultó, francamente, prescindible.

Los más jóvenes del espectáculo se notaron muy entusiasmados por esta puesta en escena, los vi con ganas de más, de seguir probando otros escenarios y otros personajes. Espero verles en más obras, no importa si en obras infantiles, para adolescentes o para un público más exigente. El teatro es un lenguaje que les va bien, espero que lo exploten y que no pierdan al Justo Rufino.

También espero fervientemente que más personas se animen a visitar el teatro. Éste arte tiene el poder de revelarnos el mundo social, las críticas, las resistencias, las tensiones, y las luchas que diariamente nos toman por asalto y que a veces decidimos ignorar… por alienación… por sobrevivencia…

Pueden ver más fotos de ‘De mudanzas y otras andanzas’ en el blog Palmereando

Written by Cinthya Zeledón

febrero 24, 2017 at 09:51

Los problemas de la estética

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16145320_1244675878941474_1241602870_oEste es un episodio que no quiero olvidar, porque me dejó lecciones que aún debo reflexionar. Para llegar a ese punto, necesito recrear en un relato aquello que vi:

La escena que ocurría en frente de Metrocentro me movió las emociones. Estaba un oficial de la Policía Nacional reteniendo a un hombre mayor, de más de 60 años. Éste hombre cargaba en sus brazos a un niño pequeño, de 3 años. No sé por qué me acerqué a esa escena, pero algo me cautivó, tristeza quizás. –Muchacha, ¿te parece que este señor es el papa del niño?-, me preguntó el oficial. –No parece-, fue mi respuesta.

El hombre con el niño en brazos tenía una expresión neutra, pero sus ojos siempre tuvieron un brillo inusual. Lo escuché hablar, y su voz se proyectaba de tal manera que creí que no tenía completas las piezas de su dentadura. No recuerdo lo que me compartió, pero sí recuerdo que el oficial le dijo que no iba a permitir que se alejara porque si era un niño robado, él no iba a permitir que le pasara algo peor. El hombre con el niño no hizo ninguna resistencia, de hecho en algún momento el niño se acurrucó en su hombro, y él lo meció. “Pero oficial, ¿usted cree que si este niño no fuera de él, su nieto o algo, se habría protegido de la manera en que lo acaba de hacer?”, le pregunté. “Yo no sé, pero aquí se va a quedar”.

Me fui, pero con un claro remordimiento. Recordé que en una ocasión mi mamá, mi hermano (en ese entonces de 3 años), y yo (dos años mayor que él), nos fuimos al mercado. Mi hermano se le soltó de la mano a mi mama, y casi se pierde para siempre. Lo buscamos durante varios minutos hasta que apreció frente a un estante de juguetes. Rememorar ese dolor en el pecho que sentí esa tarde, me hizo querer llorar por ese niño cuyo futuro ignoraba. “Y si no es su hijo, ¿de quién es? Y si sí lo es, que injusticia esa que hicimos el oficial y yo”.

No estuve mucho tiempo en la fila del banco, que era donde iba, estaba larguísima y ya eran casi las 6:00 pm. En la fila escribí un post con una breve descripción de la bienvenida que me dio ese centro comercial… no me podía quitar esa escena de la cabeza, ¿por qué no podía? Como no tenía esa respuesta, decidí volver, ya de todos modos era tarde y no iba a alcanzar a la caja diferida antes de que cerrara.

Le pregunté al oficial qué había pasado, y me dijo que el hombre con el niño en brazos ya había hecho una llamada a su casa para que la mama llegara a identificar al padre. El oficial me pidió que me quedara para ser testigo. Me quedé, pero no por la petición, más bien porque me atrapó el aura de sinceridad y humillación que rondaba esa figura que se decía a sí misma paternal. Le pregunté al hombre con el niño que si de verdad era su hijo. Me dijo que sí, que sí lo era, pero que era normal que nadie le creyera. “Yo solo iba a la Gomper a comprar pinturas”. Ahí lo supe, esas manos llenas de tinta negra, el niño acurrucado descansando aún en su hombro; ese rostro delgado, arrugado y quemado por el sol que en algún lugar había visto. “¿Vos sos Marín?”, me atreví a preguntarle a ese hombre que nunca antes había tenido frente a mí. No dijo nada, una expresión bastó. Inclinó su cabeza y sonrió, “sí, soy yo”.

La tristeza me creció más, me sentí mal por el hombre, Marín, el gran pintor que está atrapado en un cuerpo abyecto, en un espacio público, dentro de una cultura que se rige bajo los modelos estéticos de Hollyweed. Le pedí disculpas porque consideré que mi reacción había sido inhumana, nada empática, y principalmente dominante, ¿qué autoridad era yo para decir que ese hombre no era el padre de ese niño que se acurrucó en él desde el primer momento?

Le pregunté qué le hacía sentir la reacción de las personas, no recuerdo el adjetivo que utilizó, pero quise llorar, y lo hice, pero después. Me dijo que no puede acercarse a nadie porque lo miran como un loco, que lo rechazan, que huyen. Huyen de alguien tan brillante, huyen del hombre que hoy se disponía a comprar colores para terminar con el paisaje que es su nueva pintura en proceso. Le pregunté también cuál era su percepción de la estética, pues al ser pintor trabaja con lo bello, o con lo grotesco que después de todo no es menos bello. Me respondió que el problema es que no respetamos a las personas a no ser por su higiene visual.

  • Policía: “A mí me pareció raro ver a un hombre mayor con un niño de 3 años y que diga que es su hijo”.
  • Marín: “Le extrañó, porque ustedes las personas normales no acostumbran a andar con sus hijos, porque me viste… rompes con la monotonía”.

Hubo a raíz de eso un intercambio sobre los modelos de paternidad que el uno y el otro tienen. El oficial intentó demostrar que es un padre responsable. Marín se defendió, y lo vi como un padre amoroso que sufre de una serie de terribles discriminaciones.

  • Policía: “Ahora, cuando yo sentí eso, ella –yo-, también sintió lo mismo. Usted se dirigió a ella, y ella le dijo no, usted no parece su papa. Ahora ¿cuántas veces ha pasado eso? Se han perdido niños, no es la primera vez que pasa”.
  • Marín: “Muchacha, ¿por qué no volvemos a llamarla –a la mama-, que ya se tardó y no están tan largo”.

Llamé, me dijeron que la pareja de Marín ya iba en camino. Llegó ella junto con otro hijo de Marín. El policía les dijo que no se iba, que lo iban a detener porque no tenía documentos. Su pareja se sabía de memoria el número de cédula del pintor. Según recuerdo Marín cumple años el 25 de diciembre. Nació en 1950.

“Yo no sé qué es lo malo que le ven al hombre, siempre los de la Policía lo paran, si va al centro comercial lo detienen los cpfs, si va a la gasolinera pasa lo mismo. Yo no sé cuál es ese problema con su estética”, me dijo la Pareja de Marín junto cuando el oficial nos dijo que él no se iba, que iba para la delegación hasta que pudieran reconocerlo con documentos. “Pero la culpa la tenes vos que le aguantas a todo el mundo que te esté discriminando por tu físico, demasiado bueno sos”, le dijo a Marín su pareja. “Váyanse –dice el policía-, váyanse y consíganle una cédula a ese señor, que yo solo estoy haciendo mi trabajo porque no puedo permitir que se roben a un niño en mis narices”.

Le dije adiós a las dos personas con las que despedí el ocaso. Le pedí disculpas a Marín y le di las gracias al oficial, después de todo él no conocía al pintor, y yo tampoco lo identifiqué a la primera. Lloré después, pero no solo por pensar lo duro que es la vida del artista en un país con las condiciones de clase que tenemos aquí, lloré porque me pregunté por las tristezas que Marín debe de cargar, por su hijo, por el rechazo, por la crueldad que no solo él sino muchos otros cuerpos sufren en esta vida que cada día se deshumaniza más.

Written by Cinthya Zeledón

enero 16, 2017 at 20:51

Yo voté

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Mi plan era simple: tomarme éste domingo electoral para recorrer las calles de mi barrio y registrar cómo se vive en mi comunidad esta jornada sui géneris, desde mi experiencia, de elecciones presidenciales. Creí en un inicio que lograría identificar a tres grupos sociales con características particulares. Por un lado quería identificar el comportamiento electoral, siempre en mi barrio, de los practicantes religiosos: católicos, evangélicos y testigos de jehová. El otro grupo serían los a todas luces sandinistas, y por último a la oposición.

Salí desde temprano, como desde las 9 am, para hacer un primer reconocimiento de las calles y de los cuerpos que ahí encontraría. Eran las 9 y no había gente por ningún lado. Sí, el barrio estaba vacío. Cuando pasé por la escuela pública, donde están las juntas receptoras, el panorama no era muy diferente, había gente, pero contadas con los dedos de mis manos y pies.

Al volver me encontré con dos situaciones, ambas idénticas. Una señora de unos 40 y tantos años de edad se puso en el portón de la casa en busca de que algún miembro de mi familia saliera. Salí yo y para mi sorpresa lo que la motivó a llegar, era invitar a mi familia a no abstenerse al voto. Ella se identificó como miembro de los cpc´s de mi barrio, pero asegurando que no estaba ahí para instar a votar por el partido que ya ganó horas antes de la lectura de los resultados, sino para que no nos perdiéramos nuestro legítimo derecho de participar. No me dio mayores razones de por qué debería de votar, y yo tampoco se las pedí, pues ya había decidido participar en estos comicios. Como a los 30 minutos llegó otro grupo, pero ahora de jóvenes menores a los 30 años. Conversé con ellos y les pregunté en qué me beneficiaba ir a votar, les dije que quería que ver cambios en mi barrio, en el parque donde juegan los chavalos, en la seguridad, y en la calidad de las calles que nos rodean. Me dijeron que me abocara a los líderes del FSLN.

Dieron las 11 am y me fui con mi mama a votar. En el camino aún no sabía qué hacer, ¿voto nulo, le doy mi voto a alguien… qué hago? Por primera vez me sentí consternada ante una elección tan importante. En la calles ya la realidad era distinta a la que vi dos horas antes. Habían niñas jugando con una balón de volibol, había gente con sus sillas fuera de sus casas riendo y diciéndole al transeúnte que pasara que se apurara a votar, “no vaya a ser y se acaben las boletas”. No pude evitar tener una sonrisa en el rostro. En el 2011 lo que yo vi fue diferente, había motorizados recorriendo mi barrio, la gente no se volteaba a ver, sentía miedo. Hoy fue diferente, ¡wow! La gente en mi barrio salió a votar, y se decían unos a otros, “yo no me equivoqué”.

Cuando llegué a la escuela no sabía qué sentir, pero admito que se me erizó la piel cuando vi a las y los viejitos en sus sillas de ruedas siendo ayudadxs por chavalxs. No sé si es o no populismo, pero sentí por un segundo que la gente lo hacía porque de verdad se sentían en armonía con su comunidad. Cuando me busqué en el padrón electoral tuve un poco de temor, ¡no me encontraba! Estaban mis hermanxs, estaba mi mama, pero yo no estaba. Solicité ayuda, me encontraron. Mi junta receptora era la última, no sé por qué, sí soy Zeledón, pero igual mis hermanxs y no estaban juntos nuestros nombres, ¿será que me habían fichado por ser preguntona y nunca callarme, porque siempre me han identificado como oposición?

Me puse en la fila y esperé. Se me acercó un señor y le pregunté qué significaban los distintos colores en los nombres del padrón. Su respuesta fue tosca y grosera, pero decidí que no quería pelear. La tensión me fue aumentando, ahora estaba entrando a la junta receptora y aún no sabía qué hacer, tenía sentimientos encontrados.

Lo quería fotografiar todo. Le dije buenos días a los fiscales, me respondieron de la misma manera. Pero cuando empecé a hacerles preguntas de quién pertenecía a qué partido, fueron groseros, me asustó que me ficharan y tomaran algún tipo de represalia contra mi nombre, no sé de qué tipo, pero eso sentí. Cuando me dieron la boleta electoral no me apartaron los ojos de encima. Me tomé mi tiempo antes de saber qué hacer. Me seguían observando, como si intentaran medir el movimiento de mi mano y así asegurarse de saber cómo ejercí mi voto. Estuve alrededor de 4 minutos meditando mi elección. Coloqué la papeleta en la caja, pasé a que me mancharan el pulgar, recogí mi cédula, y salí. Tuve escalofríos… no me dio buena espina.

Cuando compartí con mi mama mi elección, me preocupé, sentí que de cierta forma me arrepentí. Aún siento esas palpitaciones en el corazón.

Volvimos a las calles y miré mi primera impresión con otros ojos. Ahora sentía tensión en el ambiente. No había logrado mi primer cometido, no pude identificar a estos distintos grupos con los que creí me toparía de una forma muy marcada. Todo era homogéneo, y la homogeneidad no me simpatiza tanto, más si reconozco que todas y todos somos diversos.

Ahora estoy ansiosa, me sudan las manos, no sé qué pensar. Estoy honestamente confundida.

Written by Cinthya Zeledón

noviembre 6, 2016 at 13:39

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Si dios existiera esto no pasaría

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Cuando llegué a un lugar seguro, lloré lo que me había guardado desde una hora antes cuando estaba en Bello Horizonte. Me dolía la cabeza, no sé si por la exposición al sol, o la arrechura que me andaba (y me ando). Me senté a la mesa con colegas y empezamos a recordar lo que pasó en la marcha, a compartir nuestras indignaciones, rabias, pesares y esperanzas.

Tuvimos que cambiar de ruta para la marcha, nadie podía pasar por los semáforos de El Nuevo Diario. Los antimotines y camiones de la alcaldía cerraron el paso que nos llevaría a la Asamblea Nacional desde LA PRENSA, nuestro punto de encuentro. Nos fuimos a marchar por uno de los barrios aledaños hasta llegar a la Rotonda de Bello Horizonte, ya muy tarde, como a las 3 pm y después de un acto bastante decepcionante y medio absurdo a mí parecer.

La concentración fue justo en la Rotonda, pero de pronto como que nos desmovilizamos, vi a todo mundo disperso. Literalmente.

Nosotras ya estábamos buscando cómo regresar a la oficina, pero un retén de antimotines que no tardó en rodear la Rotonda nos dijo: “regrésense por donde vinieron, aquí no pasan”. Insistimos, les pedimos que nos dejaran pasar, pero claro que no les importó, no querían que ninguna de las personas que quedamos de la ya terminada marcha nos moviéramos de ahí.

Yo les vi las caras a las mujeres y hombres que sirven de Guardia Nacional travestida de antimotines. Noté una leve tristeza en sus ojos, la cuestión es que ya había visto a sus colegas, con esas mismas expresiones golpear sin escrúpulos a la sociedad civil.

No los íbamos a hacer entrar en razón, pero tal vez lográbamos que les diera un poquito de pena. Todo fue que llegaran los chavalos de Rejudin para que se empezara a poner violenta la situación, porque peligrosa ya estaba. A éstas alturas me sigo preguntando ¿quiénes son en realidad estos tipos de Rejudin? ¿son infiltrados del Frente para desorientar/desarticular las iniciativas ciudadanas? ¿son solo un grupo de pobres gentes verdaderamente confundidas y con problemas con la vida?

Los antimotines abrieron el bloqueo, para dejar pasar hacia la rotonda alrededor de 12 motorizados. Vi a chavalas corriéndose de éstos 12 hombres con botas militares, pasamontañas, y armas de fuego que luego detonaron. Escuché a mucha gente gritar, tenían tiradoras y pistolas para horrorizarnos. Al ver esa muestra de terror que el Gobierno muy amablemente y sin asco nos presentó, saqué mi cámara y quise filmar. De pronto mi vista se desenfocó. 4 de éstos 12 tipos se detuvieron frente a mis compañeras y a mí. Quien parecía la cabecilla del “operativo”, me señaló y dijo como tres veces: “dejá de grabar, apagá esa cámara”.

Yo no recuerdo exactamente esos momentos. Me asusté, creí que me quitaría la cámara, la mochila, quién sabe. Solo vi a alguien de camisa blanca que se puso frente a mí. Ninguna se movió, nos paramos y resistimos la intimidación/amenaza. No nos hicieron nada.

Cuando estos hombres se alejaron, tiraron alrededor de 4 disparos al aire. Las pocas personas que quedamos nos encontramos, y ahí nos dimos cuenta que no solo los trabajadores del casino cuyo nombre no recuerdo y del Tip Top habían cerrado las puertas bajo una consciente ausencia de auxilio. En la gasolinera fue igual. También eso hicieron los trabajadores de Payless, aun y viendo a una mujer nerviosísima tirada en el piso siendo golpeada.

Solo fue la gente del Pollo Estrella la que ayudó a las/os compas que pidieron auxiliarse en su local. Claro, los cerdos de la nueva Guardia Nacional no se quedarían sin hacer nada: golpearon a un par de chavalos, golpearon a una mujer embarazada –Linda noción de paz y prosperidad la de estos maes-, le robaron el celular y la mochila a una chavala.

Al fin que hicieron bien su trabajo: sembrar terror para que ya más nadie use los espacios públicos para hacer protestas cívicas. Nicaragua está como sitiada, ¿no?

Ya estoy cansada, los ojos me pesan. Me pesa saber que estoy viviendo la misma represión que se vivió hace más de 30 años, solo que ahora quien dirige tremenda dictadura tiene un apellido distinto. Me pesa saber que hay tanto joven con velo en los ojos y otros tantos sentidos. Que hay un tiempo cíclico en éste país, y que parece una tarea imposible mirar hacia adelante.

Lo que más me arrecha fue ver a las y los campesinos que luchan por defender sus tierras y la soberanía país, mientras otros le rinden culto a un violador, corrupto, déspotas, etc. y a su cómplice señora esposa.

Bien orgullosa estoy yo de la gente de éste país.

Written by Cinthya Zeledón

octubre 28, 2015 at 21:24

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Yo soy el cambio que quiero ver

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Me he preguntado reiteradamente,  ¿por qué vemos injusticias y no las ponemos en evidencia?

En incontables ocasiones he expuesto, desde mis ideas hasta mi cuerpo, que la ética es fundamental para nuestra experiencia. Hoy estoy descolonizando las ideas románticas que me han vendido y que he comprado, muy baratas por cierto.

Es momento de entender que transitamos en entornos verdaderamente hostiles. Pero no es suficiente solo decirlo.

Hablaré sin exponer una causa en particular porque no podría. Es demasiado.

Quiero contarte que una vez en un bar pregunté si podía tener mis pies sobre una silla, y me enteré que siempre los tengo en una superficie alejada del suelo. Tener mis pies en el piso me abruma, me altera. Creo que ese es el símbolo de mi temor a seguir la corriente, a ser igual a lo que critico, a repetir patrones de abuso, discriminación y exclusión. Si al igual que yo siempre has silenciado ese temor, es momento de repensar tu experiencia en la ciudad, en la vida. Es momento de llevar esas ideas fuera de la cabeza y empezar a vivirlas. Basta de retener las ideas, basta de autocensura.

Para empezar a vivir las ideas -¡que grandes que son las ideas!- me he preguntado también, ¿cuál es el fin práctico del conocimiento? pero me asusta no encontrar una respuesta que impulse un cambio en nuestras prácticas ciudadanas. Me asusta que ese conocimiento no devenga en una alternativa al caos de nuestra vida pública y privada.

Estoy hasta los ovarios -o hasta los huevos, si es tu caso-, de tolerar la invasión del Estado, de la Iglesia, de los Otros. Es tiempo de saber que si sos un ser ético, con propuestas, con IDEAS nuevas -preguntate primero ¿qué tan nuevas son?-, tenes el derecho y el deber de exponer, exponerlo todo, todo eso que lastima, todo eso que te invalida, que te rompe las piernas y te hace conformarte con lo que tenes solo porque “así es la vida”.

Decí qué es lo que te incomoda, pero en los espacios pertinentes, es decir: los vicios humanos no solo están en el Gobierno, están en la casa, en la cama y en la calle. Estan en tu silencio, en la impunidad, en los abusos de poder de los amigos, de los colegas, de los compas.

Hacete escuchar, pero primero conocete, reflexionate que hay chance. Sé, sé siempre… aunque incomode ¡que rico que seas incómodx!

COOOOÑO, activa al mundo desde lo que pensás, pero no seas igual de caótico que él.

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Ya estoy aburrida del discurso que no va de la mano con la práctica pero, ¿por qué no todos lo entienden? ¿es difícil ser lo que uno dice que es? ¿es difícil pensar en colectivo? ¿qué tan imposible es actuar sin pensar en los propios beneficios?

Quiero que esta vez sea la última vez que hago ésto, que sea la última vez que vos lees esto, ¡Basta de hablar en subjetivo! hay que ponerle nombre y apellido a lo que lacera nuestra experiencia, a las perversidades humanas. Lo que no se nombra, no existe.

Written by Cinthya Zeledón

agosto 6, 2015 at 22:05

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En busca del “hombre nuevo”, ¿nos volvemos la nueva mujer?

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Es como un común denominador en las pláticas que responden a la búsqueda de lo que se conoce como “una pareja” que salga a relucir la necesidad de que ese alguien posea el atributo o atractivo de estar despatriarcalizado. De ese principio surgen los llamados hombres nuevos y mujeres nuevas, -¿o sea de la necesidad de un tipo de pareja no tan irritante? veremos de qué va eso-.

Los hombres nuevos son los que disiden del patrón típico del “patán”, perdón “macho”. Los hombres nuevos son los llamados a la igualdad en deberes, y por gusto, no por obligación. Pero hablemos luego del nuevo hombre, quiero que me ayudes a desmitificar primero a la nueva mujer, que es el personaje que más me intriga.

En realidad hay muchos conceptos sobre lo que debería de ser la nueva mujer, y es más que hilarante que la búsqueda de un esquema, sin importar el título, se mantenga al pasar de los siglos, ¿es la nueva mujer en este período de la historia el nuevo estereotipo de feminidad que se busca para poder satisfacer los estándares de calidad de lo que significa ser mujer?

Me intriga saber quién acuñó el concepto de nueva mujer, porque es interesante que solo incluye rasgos subjetivos -¿será que se aburrieron de los reclamos de “estoy gorda o estoy muy flaca”, “soy muy baja o muy alta”?-: la nueva mujer es la mujer liberada emocional y sexualmente, la mujer sin tabúes, la mujer emancipada, la que defiende sus derechos, la que dejó de ser la damisela en aprietos para ser su propia heroína, la mujer ilustrada -¿cuántos siglos después del de las luces?- no puedo pensar en esta idea, sin relacionarlo con la escolástica traída a América después de la colonización, cuando en Europa ya andaban por otro lado; es decir, con el concepto que he manejado de mujer nueva, me queda el sabor en la boca de que debemos ser lo que los hombres fueron en la época de las grandes revoluciones, siento que se nos pide algo que desde el medioevo debió ser, pero no fue.

Mi problema, o mi inquietud más bien, radica en eso llamado “relaciones de pareja”, y no referida a la mono o poligamia, que es la capacidad humana que más genera debate en esta materia, si no como siendo la nueva mujer, se logra identificar quién es mejor para iniciar una relación -en el caso que ese sea el meollo del asunto-, ¿será un nuevo hombre el indicado, con quien sin lugar a dudas se compartirá el poder?, o por el contrario, dándole la vuelta a lo entendido como justicia de género, ¿será un hombre que entre en los parámetros del clásico comportamiento, no para que él domine la relación, sino que al revés?.

Nosotras queremos estar al mando de nosotras mismas, ser integrales, holísticas, pero, ¿estamos preparadas para tremenda empresa?, ¿en realidad es lo que queremos o solo lo decimos para entrar en ese nuevo estereotipo, -yo aquí de abogada del diablo, de las masas-? listas para renunciar a las ideas de un amor romántico, abnegado, con príncipes azules dispuestos a resguardarnos con su abrazo…

No por ósmosis seremos la nueva mujer. Es un camino sinuoso, como el del libertador: un caminar pesado, solitario, lleno de meditación. Eso no aplica solo al nuevo rumbo por el que se está dirigiendo la femineidad, tiene que ver también con el otro género; la masculinidad es igual de compleja, pero quizá un tanto más invisibilizada.

Creo que la heterodoxia no es fácil, pero es, según lo veo en este asunto, el punto medio entre el anarquismo y la justicia.

*Si no te sentiste aludida, favor hacer caso omiso.

Written by Cinthya Zeledón

marzo 30, 2015 at 19:15

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